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Walt Whitman

“No dejes que termine el día sin haber crecido un poco, sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños. No te dejes vencer por el desaliento. No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte, que es casi un deber. No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario. No dejes de creer que las palabras y las poesías sí pueden cambiar el mundo. Pase lo que pase nuestra esencia está intacta. Somos seres llenos de pasión. La vida es desierto y oasis. Nos derriba, nos lastima, nos enseña, nos convierte en protagonistas de nuestra propia historia. Aunque el viento sople en contra, la poderosa obra continúa: Tu puedes aportar una estrofa.

No dejes nunca de soñar, porque en sueños es libre el hombre. No caigas en el peor de los errores: el silencio. La mayoría vive en un silencio espantoso. No te resignes. Huye. “Emito mis alaridos por los techos de este mundo”, dice el poeta. Valora la belleza de las cosas simples. Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas, pero no podemos remar en contra de nosotros mismos. Eso transforma la vida en un infierno. Disfruta del pánico que te provoca tener la vida por delante. Vívela intensamente, sin mediocridad. Piensa que en ti está el futuro y encara la tarea con orgullo y sin miedo. Aprende de quienes puedan enseñarte. Las experiencias de quienes nos precedieron de nuestros “poetas muertos”, te ayudan a caminar por la vida La sociedad de hoy somos nosotros: Los “poetas vivos”. No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas…”

 

Enrique Bianco

“Cada uno de nosotros puede ser una alegría o un desencanto. Vivimos tironeados por esta disyuntiva todos los días de nuestra vida inmersos en la cultura postmoderna, muchas veces vacía, desconfiada del futuro y nuestro estímulo cotidiano no es ajeno a la frustración. Pero mientras “encarnamos” este tironeo diario estamos, habitualmente sin darnos cuenta, en viaje, ascendiendo o descendiendo, pero en viaje. Un viaje de gran extensión que nos lleva toda la vida, con una pregunta por el destino final: ¿durar, fructificar? Damos frutos (ascendemos) cuando el destino final del viaje son los demás. Y los demás entendidos como un otro que nos enriquece en las diferencias y nos fortalece en los consensos, y en quien reconocemos un don, que lo enaltece como una persona insustituible y permanente en nuestro recorrido.

Cuando el viaje lo vivimos demasiado gris y pesado, la pregunta desgasta, cansa, agobia. Duramos (descendemos). No caminamos con otro, nos disputamos con otro y la pendiente hacia abajo con su inercia, nos impide ser dueños de nuestro propio paso. “Señales de tránsito” en el camino nos pueden ayudar a elevarnos de nuevo, no sin esfuerzo de nuestra parte: por ejemplo, “recorra cada km como un desafío entusiasmante, tratando cada día ser un poquito mejor personas, y un poquito mejor familias”. Por ejemplo: “levántese cada mañana sabiendo que la lucha interna es inevitable y que es imposible ganar sin saber perder. Pero nunca abandone la búsqueda por mejorar y por los otros, porque hay otros que nos están buscando”. Buscar es saber que hay otro que espera, dice el poeta Pedro Salinas. Amar es no cansarse de buscar. ¿Qué nos mueve a ascender en el viaje, aún cuando no vemos más “señales”? La esperanza, entendida no como consuelo, sino como pasión, que arrasa con la adversidad y con el dolor.

Y entendida como la confianza en que el Hombre puede aprender de sus errores, y aspirar a crecer y desarrollar sus enormes potencialidades. Dos grandes impostores estarán presente en todo momento acechándonos o haciéndonos creer que el viaje ha concluído: el éxito y el fracaso. Quieren hacernos creer que nuestra felicidad depende de ellos. Nos desvían del camino. Ascendiendo o descendiendo libres, un problema insalvable nos limita. No nos podemos detener. Duramos o fructificamos, somos alegría o decepción, hoy, ahora. El mañana nos motiva a seguir y a perseverar, pero el presente nos exhorta a cada momento. Y es el presente que nos regala la oportunidad de ser felices, si somos alegría, si buscamos al otro en lugar de abandonarnos, si seguimos esperanzados a pesar de los obstáculos, si APRENDEMOS sin creer que el éxito o el fracaso son nuestra medida. Porque la felicidad, en definitiva, deja en evidencia la clave del viaje: no estará aguardándonos el último de nuestros días cuando el viaje haya concluido (o recomenzado, según se prefiera).

Nos enseña el P. Ariel Busso: “la felicidad es el modo en que camino hacia la felicidad”. De eso se trata. BUEN VIAJE.”